“Vedi Napoli e poi muori”. Cuatro días después, entiendo un poco mejor su significado. Justo antes de viajar me encontré con Goethe, a quien se le atribuye esta frase. Qué casualidad: terminé en Nápoles, enamorándome un poco como él. Porque sí, soy una romántica. Y esta ciudad también.
Este año tuve la suerte de volver a Europa después de un tiempo. La idea original era conocer el sur de España y algo de Portugal, pero mamá quería Italia.
Armando el itinerario de viaje, ella propone Nápoles. Acepto.
Negociamos: primero Roma, después Nápoles y, por último, Sicilia. Nos dividimos y quince días después nos reencontramos para volver.
Tomamos un tren y, menos de dos horas después, la ciudad nos recibió con un calor abrumador, una humedad galopante y la sensación de que ya había estado en este lugar en otra vida, tal vez en esta.
Al salir de la estación miro los edificios y pienso: ¿estoy en Mar del Plata? Algo así. Me subo a un taxi: fotos de Maradona, banderas argentinas, una casaca de fútbol y me siento en casa.
De camino a nuestro hospedaje, murales de Diego, carteles en la calle, autos acelerados, motos zigzagueando, gente comiendo y tomando birra por ahí.
Hay tres keywords en esta ciudad: Maradona, Argentina y Messi. Son casi una llave maestra que abre todas las puertas y ablanda hasta al más rústico napolitano. Ellos, además, nos identifican en dos segundos.
Caótica, ruidosa y hermosa. Colorida, divertida y auténtica. No encuentro palabras que puedan describir con precisión todo lo que me genera este lugar: es increíblemente familiar y, al mismo tiempo, muy diferente.
Y así empezó nuestra historia de amor: yo, absolutamente seducida por su comida. Porque Nápoles, como tantas ciudades que tienen una identidad fuerte, también se explica a través de lo que come. Y yo, que probablemente sea una de las personas más fáciles de seducir del mundo si hay algo rico de por medio, no tardé demasiado en caer.
Pizza fritta, pasta, friarielli, cuoppi de pescado, quesos, embutidos, sfogliatelle —y qué sfogliatelle—, café, vino blanco, espumantes, tintos y cócteles. Muchos cócteles. Comer acá no parece ser una actividad programada dentro del día: es el día. La gente come en la calle, en una mesa diminuta, apoyada en una barra, caminando, hablando fuerte, discutiendo, riéndose.
Porque cuanto más camino Nápoles, más pienso en Argentina.
No en la Italia prolija de las postales. No en la Italia que conocía antes de venir a Nápoles. Pienso en mi ciudad, que también es ruidosa, exagerada, futbolera, improvisada, orgullosa y caótica. En la gente que habla fuerte, que se acerca demasiado, que te pregunta de dónde sos y cinco minutos después ya está conversando con vos como si te conociera de toda la vida.
Quizás por eso me sentí tan cómoda acá.
Nápoles no intenta gustarte. No se acomoda para el turista, no baja el volumen, no ordena el caos antes de que llegues. Es como es.
Durante estos cuatro días caminé muchísimo, comí muchísimo más, miré balcones y bombachas colgadas, saqué fotos, me perdí en mercados, contemplé murales y casi me atropellan unas cuantas motos.
Probé cosas que no conocía y volví a comer otras que creía conocer. Y, sin darme cuenta, empecé a hacer algo que me pasa pocas veces cuando viajo: dejé de mirar la ciudad como turista.
Empecé a sentirla como propia.
Y ahí entendí un poco mejor la frase.
Vedi Napoli e poi muori. Conocé Nápoles y después morí.
Qué frase tan dramática para una ciudad tan viva.
Aunque no creo que hable de la muerte. Tal vez habla de esa sensación de haber encontrado algo que no sabías que estabas buscando: llegar a un lugar y pensar, con una mezcla de sorpresa y familiaridad, “ah, era esto”. Me encantaría preguntárselo a Goethe.
No sé si Nápoles es la ciudad más linda que conocí. Tampoco sé si es la más ordenada, la más cómoda o la más fácil.
Pero después de cuatro días entiendo perfectamente por qué alguien pudo escribir que, después de verla, ya podía morirse.
Yo todavía no. Pero me voy bastante enamorada.
