La primera vez que visité Mendoza tenía ocho años, no hice bodegas, conocí la nieve. Nunca fui muy fan del frío, pero que hermoso bajar en culipatin por la montaña.
La segunda vez que viajé ya era bastante más grande, fue en un viaje que organizaba EAS, la escuela argentina de sommeliers para quienes estábamos estudiando en ese momento. Recién ahí entendí que los suelos dejaban de ser un capítulo de un libro y pasaban a tener olor, textura y sabor. Los varietales dejaron de ser nombres en una etiqueta y empezaron a tener formas, aromas y sabores propios.
También descubrí que las uvas destinadas al vino no se parecían en nada a las que compraba en la verdulería y que los enólogos y productores tenían muchas ganas de contar sus historias. En la mitad de la travesía se declaró pandemia.
Como el resto de los mortales, nadie tenía mucha idea de que estaba sucediendo, nos vimos obligados a cerrar el viaje y despedirnos de Mendoza. Elegimos almorzar en Casa Vigil, (si viajan no dejen de ir)
Éramos 30 personas y pedimos un menú con no sé cuantas copas, tengo fotos muy graciosas de ese día y me acuerdo de la mitad.
Dos horas después de terminar el almuerzo, estaba volviendo a Buenos Aires en un micro. (Si por algún motivo la persona que viajó al lado mío lee esto, le quiero pedir perdón por el olor a vino que tenía) Tampoco recuerdo mucho de la vuelta, me dormí todo.
En 2022 volví a viajar, fui con un amigo, él tenía que visitar clientes de su empresa y yo dije ¿porqué no? así que preparé sanguchitos y me subí a su auto, creo que tardamos 12 horas en llegar. De esa experiencia me llevo algunas visitas a bodegas, montar a caballo, conocer a los chicos de Chirivía y hablar con Juampi Michelini.
La última vez que viajé, y la más importante al momento, fue hace menos de un mes. Necesitaba alejarme del estrés de Buenos Aires y volver a encontrarme con una profesión que amo, aunque a veces también me haga dudar tanto.
Tuve el lujo de comer increíble y conocer colegas que admiro. Visité algunos de los mejores restaurantes de Mendoza. Mención especial para Centauro, me voló la cabeza.
Cada viaje a esta hermosa pronvincia tuvo un motivo distinto. Y, sin darme cuenta, todos dejaron una marca.
Pero, esta vez no viajé sólo para aprender, ni para acompañar a alguien, ni para conocer bodegas. Viajé para empezar a construir algo propio. Viajé para elegir con quién hacer Renato, mi primer vino. Y mientras atravesaba sus rutas, yendo de una bodega a otra pensaba en la magia de Mendoza y en todas las etapas importantes de mi vida en las que estuvo.
Lo curioso es que recién el último día entendí por qué había vuelto. No era por Mendoza.
Era por Renato.
