Hoy, 2 de agosto, se celebra el Día del Gastronómico en Argentina. Todos los que trabajamos en este mundo —baristas, bartenders, cocineros, mozos, hotelería, turismo y tantos otros— formamos parte de eso que la gente cool llama hospitalidad.

Si bien los gastronómicos no necesitamos demasiadas excusas para juntarnos a comer y beber (porque, bueno, así somos), hoy quiero aprovechar esta fecha para hablar de algo un poco más profundo y celebrar, justamente, una de mis mayores pasiones.

Es muy probable que no sepas mucho de mi vida, y está perfecto que así sea. Pero este año estuvo lleno de pérdidas. Hace no mucho murió mi gato, Renato. Y hoy, 2 de agosto, se fue de este plano Roberto, mi tío.

¿Qué tiene que ver la gastronomía con mi tío? ¿Era gastronómico? No, para nada. Era médico.

No existen palabras suficientes para describir lo que significa perder a alguien que querés o ver sufrir a las personas que amás, como hoy le toca a mi mamá. Pero, de alguna manera, esta despedida me hizo pensar en algo que todos sabemos, aunque pocas veces queremos mirar de frente: desde el momento en que nacemos, también empezamos a morir.

Estos días estuvieron cargados de emociones. En una charla con mi prima, me contó algunas de las últimas palabras que Roberto compartió antes de despedirse de todos sus afectos.

Él dijo que fue feliz.

Y automáticamente me pregunté: ¿Soy feliz?

Si mañana, por algún motivo injusto de la vida, me dijeran que me quedan apenas unos días para cerrar mi existencia, ¿podría decir que fui feliz?

La respuesta me sorprendió incluso a mí.

Sí. Absolutamente feliz.

Y si llegaste hasta acá, probablemente vuelvas a preguntarte qué tienen que ver mi tío, la muerte, la gastronomía y la felicidad.

Para mí, todo. Porque la gastronomía es mi vida. Siempre lo fue.

Si pienso en las cosas que más placer me dan o me han dado, aparecen siempre las mismas: comer, beber, descubrir sabores nuevos, aprender recetas, compartir una mesa con la gente que quiero o sentarme sola a comer en cualquier rincón del planeta.

Si hay algo que puedo decir de mi paso por este mundo es que fue, es y espero siga siendo intenso; lleno de condimentos (sobre todo picante), de curiosidad y de momentos compartidos. 

Tengo mil cosas por resolver y, claro, hay días mejores que otros. Pero realmente soy muy feliz. Y estoy convencida de que gran parte de esa felicidad tiene que ver con haber encontrado mi profesión siendo muy chica.

La gastronomía me llevó a conocer personas maravillosas (y otras no tanto, jjj), a viajar por un montón de países y ciudades, a aprender palabras en otros idiomas. Me enseñó  química, cuestiones legales, contables y de marketing; trabajo en equipo, disciplina, la importancia del orden, de las jerarquías y de los roles. Moldeó mi carácter, alimentó mi curiosidad y cambió para siempre mi forma de mirar el mundo.

La gastronomía es, sin dudas, mi motor más primitivo.

Y tal vez ese sea el mensaje de hoy.

Somos tan efímeros y, en el inmenso universo, tan pequeños, que quizá la mejor manera de honrar el tiempo que nos toca es vivir una vida que, cuando llegue el momento, nos permita decir con tranquilidad:

Fui feliz.

Gracias, Roberto, por despertar este pensamiento y ayudarme a tomar conciencia del privilegio inmenso que significa estar vivos.

Tio, ahora toca descansar. Si te cruzás con Renato, acaricialo por mí.